Pobrecita la piñata. Michael la hizo en clase, para subastarla en la fiesta pro-fondos de la asociación de padres y representantes que tuvimos el sábado. Antes de salir yo para la fiesta, ya me había encargado comprársela por lo menos dieciquinientas veces.
Después de la llorantina porque le comprara la piñata, vino la llorantina por romper la piñata. Ahora aquí debo aclarar que el maestro que dirigió la manufactura de piñatas es de Nueva Zelandia. Musiú al fin, le pareció buena idea hacer la piñata con alambre por dentro y papel maché de doble capa por fuera, y para terminar, esmalte. Para que durara, según me dijo. La bicha quedó prácticamente indestructible.
Para compartir un poco la diversión, y sobre todo pensando que necesitaríamos muchos golpes para romperla, invité a los amiguitos del edificio. Fuimos 11 en total: dos inglesas, dos ecuatorianos, un colombiano-americano, cuatro australianos y mis dos gringo-sino-venezolanos.
Andreína quedó fascinada con la piñata y la adoptó como peluche desde que llegó el sábado. Tuve que recordarle que le ibamos a caer a golpes, porque lo único que me faltaba es que a la niña le diera la tocoquera al romperla. Me preocupe por nada. Ella feliz y hasta tramposa.
Y así, con las manitas llenas de caramelos y la mente depurada de violencia con la terapía de piñata, terminó otra velada socio-cultural en casa de los Fitzgerald Crespo.

